Claude Chabrol, un clásico moderno

Reproducimos el artículo publicado en el número 14 de la revista Seminci (Primavera/Verano 2010) tras anunciarse la concesión de la Espiga de Honor a Claude Chabrol. Desgraciadamente, el realizador francés falleció poco después, el 12 de septiembre de ese mismo año, a pocas semanas de la celebración de la 55 Seminci.

24/6/2017.- Su bautizo detrás de las cámaras ocurrió en plena efervescencia de la Nouvelle Vague y más de medio siglo después se mantiene como uno de los escasos resistentes de aquel grupo de directores que cambió el rumbo del cine francés y europeo. Claude Chabrol será, con todo merecimiento, figura estelar de la 55ª edición de Seminci, en la recibirá un homenaje con la proyección de una selección con lo mejor de su larguísima –y excepcional– obra.

Chabrol, durante una visita a la Semana en 1980 Foto: Luis Laforga

Junto con excepciones como Jean-Luc Godard, Claude Chabrol es el único de los grandes nombres surgidos del heterogéneo grupo de la Nouvelle Vague que se mantiene en activo y sigue ofreciendo muestras de un oficio aprendido durante más de medio siglo.

Durante este tiempo, Chabrol ha seguido un camino claro en su cine, fácilmente identificable por los espectadores y en el que repite una serie de temas que aparecen de manera periódica en toda su filmografía.

Obsesionado con mostrar el lado menos amable de la burguesía de su país, sus películas se convierten en estudios sociológicos de primer nivel en los que afloran las miserias del ser humano. La envidia, los celos, el resentimiento, la soberbia… Siempre como desencadenantes de los crímenes que no tardan en aparecer como señal inequívoca de una enfermedad incurable incrustada en los más profundos y, aparentemente incorruptibles, estratos de la sociedad.

Y todo eso a pesar de que el director reniegue en ocasiones de esa imagen y asegure no reconocerse en la encorsetada casilla de “sociólogo de la burguesía” bajo la que se le suele asociar.

Un director ajeno a modas

Chabrol ha jugado casi siempre en una liga aparte a la del resto de sus compañeros de aventura de mitad del siglo XX. Bajo un cine que podría definirse como de género, ha perfilado un estilo autoral que ha sabido guiar a lo largo de décadas sin que pierda un gramo de vigencia y autenticidad.

Ya en unas primeros trabajos adscritos a los fundamentos de la Nouvelle Vague dio entrada a unos temas que repitió en multitud de ocasiones después y que, en gran medida, son los que han dado forma a su estilo.

En Los primos ya apuntaba el trío amoroso, el combate entre la víctima y el verdugo o la inevitabilidad del destino más trágico. Pese a las acusaciones de haberse decantado por la comercialidad en su cine a partir de los años sesenta, lo cierto es que siempre se ha mantenido unido a una misma concepción del relato cinematográfico que ha empleado tanto en éxitos de taquilla como en cintas que tuvieron una peor fortuna.

El mejor ejemplo, sus títulos

La carrera de Chabrol no sólo es dilatada en el tiempo, sino extensa y constante. Autor compulsivo, durante décadas rodó una o dos películas por año. En los últimos tiempos el ritmo ha decaído pero aun así los incondicionales del director tienen motivos más que suficientes para disfrutar de su cine.

Reducir a unos pocos títulos una carrera de fondo como las suya se antoja tarea complicada. Una doble vida, Las ciervas, La mujer infiel, El carnicero, El caballo del orgullo, Pollo al vinagre… Sólo una muestra de la capacidad de Chabrol para recrear atmósferas en las que sus personajes muestran poco a poco una ambigüedad moral que los conducirá no pocas veces a trágicos finales.

En sus últimos trabajos esa mirada sin contemplaciones a los privilegiados de la sociedad se ha agudizado más si cabe. A veces confrontándolos de manera brutal con las clases más sencillas, como en La ceremonia, y otras haciéndolos a la vez víctimas y verdugos de sus propios pecados. Gracias por el chocolate, La flor del mal o Una chica cortada en dos forman parte de esta última remesa del cine de Chabrol, nueva vuelta de tuerca de una obra en constante evolución.

Reportaje publicado en el número 14 de la revista Seminci (Primavera/Verano 2010)

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